Preludio

“Feliz el espíritu cuyo cuidado fuere el de investigar toda cosa que se ha elevado a las alturas celestes.”

Lucrecio

Browniana

En 1828, el botánico escocés Robert Brown publicó un artículo sobre sus observaciones, a través de un microscopio, de granos de polen sobre agua que parecían moverse en una danza caprichosa. Fascinado por el espectáculo que contemplaba, pensó que la razón era que el polen estaba vivo. Sin embargo, como todo buen científico, puso a prueba su hipótesis repitiendo el experimento con partículas de polvo. Atónito, observó que el baile, aparentemente anárquico, se repetía también para objetos claramente inanimados; descubriendo el movimiento que hoy lleva su nombre. El estudio del movimiento Browniano tuvo consecuencias de orden fundamental en física y química; entre otras cosas, sugirió la naturaleza molecular de la materia. Increíblemente escurridizo, el fenómeno mantuvo cautiva la atención de un puñado de teóricos de la física. En 1906, Einstein propuso, en su trabajo “La Teoría del Movimiento Browniano”, que el movimiento al azar e incesante de partículas de tamaño micrométrico en líquidos se debe a fuerzas producidas por el impacto con las moléculas1. Por la misma época, los trabajos de Einstein, Stokes, Sutherland y Langevin fueron determinantes en la producción de una descripción matemática satisfactoria, usando herramientas de termodinámica. Hoy, los modelos que se derivan del movimiento Browniano tienen aplicaciones en un sinnúmero de áreas, como las finanzas, el clima, la medicina, ciencias de la tierra, etc.

Intentar hallar razón a tanta a poesía narrada por la naturaleza; ese propósito obstinado, pero sublime, de tener una visión objetiva de la magia que nos rodea; el desarrollo de un pedacito de tecnología productor de descubrimientos, en este caso el microscopio; esa curiosidad por entender lo animado y lo inanimado: desde el movimiento de granos de polen en el agua, hasta dejar la piel en años de trabajo para enviar una sonda espacial y acariciar una roca que flota a lo lejos en el espacio; todo eso que integra a la ciencia como patrimonio humano inspira la creación de este sitio.

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La ciencia y la tecnología son parte fundamental de nuestra cultura

“Sabiéndote como ya te he dicho, estudioso y maestro excelente de filosofía y como sé que sabes apreciar, llegado el caso, las investigaciones matemáticas, he creído conveniente exponerte por escrito e ilustrarte en este libro la particularidad de un método, según el cual te será posible captar ciertas cuestiones matemáticas por medios mecánicos…”

Arquímedes a Eratóstenes, El Método.

Las publicaciones científicas se originan de la práctica de la comunicación entre expertos. De ese modo la interacción epistolar producía progreso: las observaciones y descubrimientos se escribían en cartas, evidentemente con un contenido principalmente técnico. Por esta razón, actualmente, los artículos científicos se restringen a la academia, van al grano y están escritos específicamente sólo para que otros expertos aprovechen su contenido. Sin embargo, siendo la ciencia y la tecnología parte fundamental de nuestra cultura, y con impacto directo en nuestras vidas, es necesaria la comunicación de la ciencia para no expertos.

Esfuerzos en hacer comunicación que sirva de enlace entre la ciencia y la sociedad ha habido muchos y desde tiempos remotos. Entre los trabajos considerados como de popularización de la ciencia desde de la Grecia antigua y la época romana, se cuentan los de antropología de Heródoto, los de teoría atómica de Lucrecio, y los de naturalismo de Plínio. Durante y después del Renacimiento, son las Academias de Ciencias las que promueven la divulgación, como la  Academia dei Lincei, de la que fue miembro Galileo Galilei, La Royal Society de Londres, que contó con Newton como uno de sus primeros presidentes, la Academia de las Ciencias de París y la de Berlín. También en esa época comenzaron a aparecer los primeros museos de ciencia. Muchas de estas academias siguen haciendo divulgación de la ciencia, e incluso muchas instituciones académicas cuentan hoy en día con su propia oficina de comunicación de la ciencia. No obstante, todos estos esfuerzos siempre han resultado insuficientes. Por lo general son iniciativas que no son remuneradas o reconocidas de ninguna manera. Prácticamente ninguna institución reconoce el trabajo de divulgación de la ciencia hecha por los científicos, y por eso hay muy poca motivación. La mayoría de los divulgadores lo hacemos por deleite.

CarlSagan


“Vivimos en una era basada en ciencia y tecnología, con poderes tecnológicos formidables. Y si nosotros no entendemos sobre estos temas, y por nosotros, me refiero al público general, si decidimos no querer saber nada al respecto, entonces, ¿quién está tomando todas las decisiones en ciencia y tecnología y determinando el futuro de nuestros hijos? Esta mezcla combustible de poder e ignorancia, tarde o temprano nos va a estallar en la cara.”

Carl Sagan

  1. Albert Einstein, “Investigations on the Theory of the Brownian Movement”, Dover Edition, 1956 []