Mi monte

Las cargas de dinamita retumbaban fuerte, se sentían temblores, el polvo levantado por las explosiones se veía por la ventana de mi cuarto, haciendo de cortina a la selva infinita. El lago llegaría pronto, se trabajaba arduamente en eso. Todas las noches grillos y sapos nos daban un concierto, y, más tarde, cuando ya todo estaba en silencio, era posible escuchar a los araguatos a lo lejos. Nunca vi un mono de esos, pero mi cabeza se llenaba de imágenes: los veía marrones, pequeños, abrazados a los árboles, tal vez meciéndose y abriendo sus mandíbulas para chillar. Nos acostumbramos tanto a escucharlos que no teníamos miedo. Animales salvajes pero inofensivos, de algún modo intuíamos que ellos nos temían más a nosotros que nosotros a ellos.

La tierra era roja oscura por su contenido de hierro, la vegetación poco densa en árboles, muchos de ellos florecían amarillos en épocas lluviosas, parecían combinar con el monte verde intenso como en un cuadro de van Gogh. Un paseo largo por ese lugar prehistórico desnudaba  rocas enormes como colocadas cuidadosamente allí por un gigante. Con formas caprichosas, la mayoría tenían nombre: la piedra del elefante, la piedra del perro, la piedra del zamuro…

Todos recuerdos de infancia, siempre lejanos, borrosos, deformes. Podré intentar rellenar mis historias con un poco de imaginación, pero cómo olvidar esos sonidos,  colores,  formas, olores, constantes, que aunque milenarios terminaban casi integrados a nuestros cuerpos. Hombres y maquinas, niños y jungla, diques y megavatios. Aunque hace muchos años ya que no vivo en ese lugar, cada vez que me viene a la mente pienso que es mío y yo suya.

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