Unísono

Una nota larga salía de la flauta de Larissa. Debía repetirla y dejarla durar varios minutos. El pequeño ensamble la seguía. Era solo una nota. Fa. Respiración y nuevamente fa. El cuerpo inmóvil de Larissa acentuaba la tensión del espectáculo, solo sus dedos y ojos se movían. En el fondo de la tarima, una chica vestida a cuadros levantaba un cartel con la nota que debían tocar. A fa siguió un mi, un prolongado mi. Solo dedos y ojos parecían vivos. Dedos, ojos y un sonido único.

El teatro quedaba en el sótano de una galería. Las luces tenues de colores, colocadas al azar entre los músicos, apenas lograban proyectar sombras amontonadas del público que escuchaba de pie. Pantalones, faldas, carteras, crestas, copas, una mano que sostenía un cigarrillo…

Al final de la última nota, do sostenido era la última nota, vino el silencio. Nadie se atrevió a aplaudir. El rostro de Larissa no ocultó su alivio. Claro, ella sabía que el concierto había terminado. Solo después de que el director se volvió a los espectadores, irrumpió el murmullo atonal y los aplausos.

El director dejó la batuta en el suelo junto a una guitarra eléctrica y comentó, de cara al público, su sinfonía conceptual. Dijo, fortísimo, que su obra era compleja y requería explicaciones. 

No se podían encender las luces, estar a oscuras mientras él daba su charla final era parte de la obra. Comerse una manzana en medio de si bemol también fue parte de la obra. Llamar a un coro a plantarse y permanecer en silencio en medio de re sostenido también fue parte de la obra.

Entre bastidores, cajas, atriles, partituras y ropa dispersa, Larissa tuvo que buscar, tanteando, el estuche de su flauta. No había espacio para la luz, todo el edificio a oscuras era parte de la obra. De la nada apareció una lumbre tenue en el entorno de Larissa. Buscó el origen de la súbita iluminación y se encontró con los ojos verdes del clarinetista asomados entre sus rulos dorados. Ella quedó inmóvil unos segundos y presto continuó hurgando entre las mesas hasta que encontró sus cosas. Satisfecho por su buena acción, el clarinetista le sonrió, se dio vuelta y se fue con la cellista.

Larissa salió por la puerta trasera de la galería. Tuvo que saltar con cuidado el cuerpo de un mendigo para poder alcanzar su bicicleta.

Volviendo a casa, esta vez, prestó atención al camino. Observó los faros con luces alegres, los adornos de navidad, la gente entrando y saliendo de los cafés, los niños de la mano de sus padres. Tanta armonía le trajo recuerdos de otros conciertos: de Bartók en aquella capilla evangélica, de Händel y Tchaikovski en el Teatro Municipal, de su niñez con su madre viva, del bar en la Avenida Independencia con sus compañeros de clase, de su matrimonio fallido, de sus hijos cuando todavía no le eran indiferentes.

Entrando a su apartamento se sentó en el sofá y entonó un sol y lo dejó sonar; y siguió sonando después de que se agotaron el aire y el eco.  


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