Dicen que voy a morir

Namagiri me ha vuelto a hablar en sueños. Sobre el tablero rojo, inalcanzable en la vigilia, demostramos juntos el último teorema. Su voz me ha demandado confinamiento —atado con el cordón de los números, las sumas, las sucesiones y el misterio de lo incontable.

Sería elemental señalarme de esclavo, restando magnitud a la misión que me ha encomendado.

Le prometí la oración y ella me ofreció su paleta de acuarelas con sumas parciales. Multiplicó sus brazos hasta alcanzar la convergencia milagrosa en cada término.

Al alba, sumo y sumo en átomos que devuelven la ciclicidad al universo. No soy yo. Me mantengo alerta en el reconocimiento. Solo Namagiri domina la destrucción y la creación; solo por ella puede ocurrir la armonía del límite renacido y los primos de los planetas.

La vanidad de las funciones suaves retan mi ascetismo. Del virtuosismo nace el rostro de los patrones y las leyes de la naturaleza.   

Ay de mí, tan impuro he callado ante los halagos y también ante los reproches. Me he dejado someter al espacio de los falibles aun consciente de que he recibido los números divinos. 

Los hombres, en su incapacidad de reconocer a la diosa en la compleja dignidad de las ecuaciones, me elegirán como el más grande.

En la vecindad del punto reconozco el fin de la carne. Namagiri, en su sabiduría, asignará a otra mano prestada el trabajo inconcluso: ninguna fórmula existe si no es a través de ella.

a Ramanujan

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