Antípodas

El silencio de la selva se escuchaba en estéreo. El paisaje se integraba al cielo limpio sobre el lago. Montaba una bicicleta prestada de color gris, quería hacerme muy diestra por la promesa de una nueva si aprendía a montar. Sin prisa, rodé por las calles entre mi casa y la única estación de servicio que había en el campamento. Estaba sola, pero aún a mis siete años podía irme donde quisiera sin que eso fuera preocupante para mis padres. Todo era nuevo para mi, simple, tranquilo, húmedo y perfumado. Ese día, de alguna manera, supe que sería libre y feliz en ese lugar.

El monitor POLAR comenzó a sonar como loco. Corría sin control, distraída por la belleza de la bahía y con la música de mi iPod a todo volumen, combinación que lo hacía ver todo como por YouTube. Qué lujo poder correr por aquí a las 7:00 de la tarde, cosas que se piensan después de una larga vida de encierro en Caracas. Cada vez que salgo a correr en el Iron Cove de Sydney, una mezcla de olores a sal y eucalipto me hace recordar mi niñez, aunque los olores sean distintos, aunque estemos del otro lado del planeta. Tal vez es la cercanía con la naturaleza la que hace de túnel del tiempo.

Pese a la topografía difícil, la gente joven prefería las bicis y las motos a los carros.  Las casas, de arquitectura sencilla, no tenían rejas, ni cercas. Los vecindarios eran del estilo Edward Manos de Tijera. Como aún era temprano, me atreví a seguir rodando muy lejos de mi casa. Llegué a una calle sinuosa, angosta, de dos canales, que hoy en día desaparece en la profundidad del lago. Había bajado mucho desde que salí de mi casa y, siendo muy niña y sin experiencia montando bici, pensé que se me haría difícil volver cuesta arriba.

Me tardé casi una hora en darle la vuelta a toda la bahía, nada mal para el poco entrenamiento y mi edad, casi llegando a los cuarenta. Mi casa estaba relativamente cerca y no llevaba dinero o tickets para el autobús. Ya había oscurecido pero no tenía miedo de regresar a pie a mi casa, hasta que me encontré un árbol muy grande y viejo lleno de murciélagos australianos gigantes que chillaban y volaban, rodeándolo en una especie de frenesí. «Hasta aquí llegó mi valentía», pensé. Volví a la zona iluminada y llamé por el celular para que me vinieran a recoger en carro.

Lo asumí como un reto, me bajé de la bicicleta y empecé a empujarla cuesta arriba. Llegué a un estacionamiento de cuyo fondo salía una trocha que cortaba la colina y llegaba a mi vecindario, había visto gente subir por ahí y me arriesgué, empujé y empujé, en medio del monte alto e imaginando culebras y tarántulas siguiéndome los pasos. No recuerdo si fue duro o fácil, pero llegué al otro lado. Nunca le conté a mi mamá qué tan lejos había llegado. Tampoco lo sabe ahora.

Sydney, 2012

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