Fiebre

Hoy es domingo de elecciones y les digo desde ahora: no voy a votar. 

Una fiebre me tiene postrada. Me encierro en mi cuarto y me acuesto con la cabeza al pie de la cama para poder ver por el ventanal. Tiemblo, sudo frío, doy vueltas. No sé dónde hay un termómetro, ¿treinta y nueve ?, ¿cuarenta? no puedo dar números. Créanme: mi fiebre es muy alta, no tengo alternativa —no voy a votar. 

Estoy sola. Oígo los murmullos afuera, las luces se cuelan por debajo de la puerta. Esa casa allá afuera no es mía, es prestada, la familia es prestada. De la puerta para afuera es el extranjero, otro planeta, soy alien. Estoy sola, y mi madre, que vive muy lejos, no sabe de mi fiebre.

Mi única compañía es una cobija vieja a cuadros marrón y naranja con borde de satén azul. Hablo con ella sobre mi pretexto. Es imposible levantarme. 

Suena 99.9; anuncian los resultados de las encuestas. ¿Por qué me grita el locutor? No quiero saber, no me interesa, solo quiero escuchar música. Me duele todo el cuerpo, el frío se cuela de adentro hacia afuera. Me cubro hasta la cabeza. Sigue la radio. All by myself : “When I was young, I never needed anyone…”. 

Oscurece sin aviso. La calle es un hervidero: escucho las cornetas de los carros, el barullo estridente, los fuegos artificiales… 

Cierro la ventana, el alboroto hiere mis oídos. Un brazo me separaba de una cómoda donde tengo libros, cuadernos, papeles de colores, un vaso con pinceles y lápices… Me llama la atención un libro sobre Frida Kahlo. Empujo el desorden para alcanzarlo. En la portada hay un autorretrato con una cama. Ella enferma; yo enferma. Ella atada a su cama; yo atada a la mía. Encontré consuelo en su dolor. No lo necesito —al consuelo— pero lo uso.  

Mi nacimiento (1932). La madre de Frida yace en la cama donde la dio a luz y donde murió. En la escena, la madre está amortajada mientras ocurre el alumbramiento. Frida pinta el cuarto de su madre con detalles: limpio, sin agregar ni quitar nada. El piso es de madera y en la pared gris claro, sobre el espaldar de la cama, hay un cuadro de una virgen.

Hospital Henry Ford (1932). Frida tiene un aborto. Mancha la cama de sangre. Ella sangra y llora. Objetos, órganos, la vida, el bebé. Al fondo, la silueta de la ciudad de Detroit.    

A few little stabs (1935). Representa el dolor de la separación de Diego Rivera. Lee en la prensa sobre una mujer que es asesinada a cuchilladas por su novio. El asesino dice en la corte que él «solo le dio unos cuantos piquetitos» (I gave her a few little pricks). Frida hace suyo el dolor de esas heridas. Así se sienten la traición y el desamor.

El sueño o la cama (1940). Frida duerme en la parte de abajo de una litera. Arriba yace un Judas listo para ser quemado.   

Sin esperanza (1945). Un caballete pesa sobre su cama y sostiene los temores y demonios de Frida, que se conectan a su boca; quizás como un susurro o una confesión. La cama está al descampado en un desierto.  

El árbol de la esperanza, mantente firme (1949). Frida se pinta doble sobre un catre de hospital. Ella está acostada, semidesnuda, con heridas de operación visibles en la espalda. La otra copia está sentada, arreglada y sana, lista para salir a comerse a la ciudad. 

Ya es lunes. Despierto en el silencio sucio que se asienta después de una fiesta. La radio no durmió; en la vigilia la escucho murmurar. Un analista diagnostica al país, dice que ayer estaba grave pero que ahora vendrá la recuperación.

La recuperación, ese horizonte del paciente. 

Intento llegar al baño, lidio con mi cuerpo en rebelión. De regreso a mi habitación me detengo en la puerta. Evalúo mi cama. De pronto la odio. ¿Cuánto tiempo más estaré allí? Se me aparece el Ivan Ilich de Tolstoi. Allí, acostado, usando mi cobija, agonizando. No quiero morir. 

La cama es una permanencia, una constante —para nacer, para dormir, para llorar, para dar a luz, para descansar, para el reposo, para hacer el amor, para leer, para morir. 

No tengo apetito, no tengo quién me obligue a comer, pero no quiero morir. Salgo a desayunar. No hay preguntas, nadie sabe que estoy enferma. Nadie sabe que no voté. Ya les dije: vivo sola. Ellos, los habitantes de la casa, están allí, junto a la nevera, la cocina, el mesón, las butacas…  Sobre el mesón hay un periódico. Primera plana: Electo Nuevo Presidente de la República. La Jornada Electoral se Llevó a Cabo con Civismo. Ese no era mi candidato. La verdad es que ayer yo no tenía candidato.

Vienen los cambios, dicen. Y yo sigo con esta fiebre, que no me deja, que no se va. 

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