Galería del horror

Esta vez, los Hermanos Chang ofrecen una exhibición de objetos indeseables, feos, repugnantes. Fue hermoso participar. Esta es mi contribución:

Mantra

Sospechaba que aquel viaje sería el último en el Corolla de José. Él quería respuestas. No las que yo le podía dar. Mientras manejaba, José veía al infinito, por encima de la carretera. Luego, fingía ver por el retrovisor. En realidad, nunca dejó de mirarme.

Habíamos sufrido tanto, nos habíamos hecho tanto daño. Pero no íbamos a hablar de eso. No íbamos a arreglar nada. La paz en el Medio Oriente era más importante que la nuestra.

Subió el volumen a una canción rancia, aburrida. Él sabía que yo la detestaba. Mirando a la montaña, le pedí que bajara el volumen. Ese fue el detonante. 

Gritos y silencios; gritos y silencios. La violencia de la conversación hacía ritmo con el paso de las vallas publicitarias a ciento veinte kilómetros por hora. La manilla de la puerta era mi chaleco salvavidas.

Alcanzamos una pausa larga que confundí con el final de la discusión. Y sí, la discusión sí terminó. No la batalla. José me sonrió de reojo, tomó mis casetes, uno por uno, y los lanzó por su ventanilla. Los vi resistirse y gemir en el viento.

Una curva, un casete volando separado de su caja; una recta, “plash”, plástico haciéndose trizas; una subida, “woooo”, el silbido una la cinta desarrollándose.

Revolver, mi primer amor;

Canción animal, el concierto al que no fui;

Adore, la vez que me robaron el discman;

Mezzanine, una traba en la cota mil,

The crime of the century, el viaje a Mérida… 

Me quedé catatónica. No hice nada. No grité, no lloré, no reclamé. No era la primera vez que me sentía secuestrada por José. Eso sí, juré que sería la última.

Al bajar del carro, caí por un abismo. Un enjambre de emociones en lucha me sacudió. Quería desesperadamente que alguna ganara, ya no me importaba cual.    

Un día, caminando por un boulevard, escuché a un hippie dando un sermón sobre los “mantras”. Yo no entendí palabra de lo que dijo. Mantra. ¿Qué es eso? Sin saber lo que era, decidí diseñar uno. Total, según el hippie, curaba el espíritu.

Cavilé unos días sobre cómo podía ser mi “mantra”. Entonces llegó a mí. Decidí que las memorias con José eran una invasión de cucarachas. Cada vez que aparecían esos recuerdos que me lastimaban, lo transformaba a él y a sus amigos en cucarachas.

Lo imaginé una mañana mientras tomaba sol. Descubrí que tenían un poder similar: el sol y las cucarachas me sanaban.

El “mantra” funcionaba así: cada vez que un personaje de mi historia con José llegaba a mi mente le propinaba la transformación. Enseguida, borraba su nombre. Era más útil así, como el monstruo de Frankenstein, castigado con el desamor de no darle identidad. Un fondo unicolor, gris claro y sin textura que contrastaba con el brillo de las criaturas, reemplazó los escenarios. Bajé el volumen de las palabras hasta apagarlas y se lo subí a Black Sabbath.  

Y claro, el plan era eliminarlas. El plan era fumigar y barrer a las cucarachas. Barrer a sus amigos. Barrer su cara. Barrer su nombre.

Aparecían por la mañana y las fumigaba y las barría por la tarde. Ellas movían las patas con fuerza intentando sobrevivir. Los restos de amor, apego, desilusión, rencor eran destruidos en por un spray. Antes de matarlas, las inspeccionaba para asegurarme de eliminar todo vestigio de humanidad. Disfrutaba saberme autora de aquel genocidio. Eso sí, volvían a aparecer al día siguiente. Las hijas de puta persistían más que la mancha de la mansión de Canterville.

Con el tiempo ya no las maté, las dejé libres. Era interesante observarlas. Las vi  conversar, abrazarse, hacer el amor, traicionarse y sufrir. Un día, una de ellas me escribió un carta. Reclamaba la falta de atención, explicaba que se habían aburrido y que pronto se irían para siempre. Me despedí y las dejé ir.   

El teléfono sonó, era José. «¿Qué es de tu vida?, ¿nos tomamos un café?».   

Fue publicado primero en: Mantra.

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