Isla Jackson

Nunca nos imaginamos que la situación iba a llegar hasta ese punto. Una aventura inocente casi se convirtió en tragedia. Estábamos perdidos y, en medio de la tormenta, nos era imposible salir de aquella isla. Ocurrió por una cadena de sucesos desatados por mi talento para el aburrimiento. O por aquello de vivir en un pueblo donde nunca pasaba nada. 

La selva era el jardín de mi casa. A doscientos metros de la ventana de mi cuarto la civilización era inexistente. Mis padres siempre tenían alguna advertencia, «no te alejes en el bosque, no te acerques al lago…».

Ese día prometía aventura. Había logrado el permiso para ir a una excusión organizada por el hermano mayor de Luisa.    

Caminamos en fila por la represa. A mi izquierda, rocas plateadas se incrustaban en el agua negra del lago. A mi derecha, se alzaba una muralla de diferentes tonos verdes. Los animales en concierto desprestigiaban el silencio de la jungla. Al final del dique, tomamos un sendero estrecho y oscuro que se adentraba en la montaña, con la promesa de llegar al muelle. Mi guía era el pantalón de enfrente. Qué camino tan largo y monótono. Después de haber rogado tanto a Luisa que me llevaran, tenía que ocultar mis bostezos.

Al mediodía, abordamos la lancha rumbo a una estación de estudios ecológicos. Los niños al medio, los más grandes en la proa y en la popa los bolsos, la comida empacada, las cremas para el sol y todo ese lastre de humanidad. Atrás desapareció la tierra firme. Nos adentramos en un laberinto de islas sin nombre, todas iguales para mi. El viaje era interminable, el tiempo se dilataba en mi aburrimiento. Por fin, el conductor se detuvo frente a una isla y allí nos dejó.

El hermano mayor de Luisa, que era el líder, nos organizó para hacer una expedición a recoger hojas y meterlas en bolsitas. Recoger hojas. Vaya juego tan absurdo.

En nuestra isla sin nombre, que yo la llamé Jackson, había miles de troncos dispersos traídos con las crecidas. Con algunos de ellos, hicimos espadas, barcos de piratas, patas de palo…

Nos montamos en un barco pirata y nos fuimos a buscar un tesoro hundido en el lago. Atacamos una canoa que pasaba cerca. Pim, pam, pum, espadazos. Les robamos todo lo que traían. Amarramos al capitán y lo secuestramos. Le hicimos hablar y nos entregó el mapa del tesoro. Cuando por fin llegamos a la cruz señalada en el mapa, Joe se lanzó a inspeccionar el fondo. Salió del agua pidiendo ayuda pues el cofre estaba atrapado bajo unas piedras. No pudimos sacarlo. Yo me fui al fondo, logré abrirlo y saqué un diamante que me metí en el bolsillo sin decirle al resto de la tripulación.

En el camino de vuelta, llegó la tormenta y nos arrastró hasta otra isla. Perdimos el mapa y no pudimos regresar a nuestra isla Jackson.

Pasaron las horas, la tormenta no cesaba. Tuvimos que quedarnos allí, sin comida, sin saber dónde estábamos. Ya he comentado que todas las islas se veían iguales. Joe lloraba de hambre, estaba furioso, habíamos llegado muy lejos en el juego. La culpa era mía, yo los había convencido de ir por el tesoro. Luisa tenía miedo del castigo de sus padres cuando se enteraran. Entrada la noche escuchamos un grito y vimos la luz intensa del faro de una lancha de rescate. Los adultos estaban contentos de vernos, no nos regañaron. Yo me prometí a mi misma, como tantas veces, no volver a desobedecer a mis mayores.

El diamante, que todavía escondo en mi cuarto, me lo recuerda.   

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