Soy hermana Chang

Tengo la inmensa suerte de participar este un increíble proyecto organizado por los escritores venezolanos José Urriola y Fedosy Santaella. Se trata de reunir contribuciones de escritores en torno un tema. Los textos pueden ser de cualquier genero: poemas, cuentos, relatos cortos, fotonovelas, en general, cualquier pieza literaria original. Los autores que participan son, muchos de ellos, ya consagrados en su área. El tema de esta entrega es el Hotel Overlook, de la novela The Shining de Stephen King (aunque la atmósfera es más estilo la película de Stanley Kubrick). Mi contribución la pueden leer aquí abajo o en este enlace.

El Mercurio

Miro con insistencia una botella de mercurio. Su tono plateado hace contraste con la madera rayada y ajada de mi mesa de noche. Es muy pesada. Qué sensación rara el esfuerzo para levantarla siendo tan pequeña. La robé de la universidad en un impulso, la imaginé hermosa en mi cuarto. Tengo miedo, el mercurio es peligroso. Sus átomos escapan al vidrio. Sé que debo devolverlo al laboratorio. Salgo de mi cama y me acerco a la ventana. Miro la botella de lejos otra vez. El mercurio se dilata cuando hace calor, como el tiempo cuando no puedes escapar de la pena.
Estoy llorando en la cocina. Miro con desesperación a mi alrededor. Rasgo con fuerza una servilleta para secarme las lágrimas. Lloro frente a un duelo secreto, tan secreto como la botella de mercurio en mi cuarto a los diecisiete años. Le tengo rabia al tiempo que pasa lento y no cura mi dolor, y al mercurio que se dilata.  
Recuerdo sus manos la última vez que nos vimos. Las movía con nostalgia mientras hacía planes imposibles. Me hablaba de dejar todo, de comenzar una nueva vida. Ahí me di cuenta de que no volvería. La valentía no era su fuerte. 
La memoria oprime mi pecho. Cierro los ojos. Es oscuro y simple. Comienzo a imaginar mi muerte. La quiero suave, sin violencia, como una transición del cuerpo a otro estado de la materia. Mis brazos se van poniendo verdes, primero el derecho, luego el izquierdo. El dolor desaparece en esa imagen en la oscuridad. No sé por qué la muerte es verde. 
Unos golpes interrumpen mi proceso de curación. Sin levantarme de la silla, volteo y miro el reloj del microondas.¿Quién puede ser a esta hora? ¿Quién viene sin avisar? El teléfono no ha sonado en varios días, no tengo mensajes nuevos. Voy corriendo al espejo de mi habitación. Me inspecciono con dureza. No quiero que me vean llorar. No quiero que me vean morir. No quiero que sepan de aquella botella de mercurio.
Aliso mi vestido con las manos, es muy revelador. Ni hablar de mi semblante. Cuánto habré cambiado desde la última vez que salí, desde la última vez que vi otra cara.
Busco una recomendación del espejo. Una esquina me devuelve aquella habitación ordenada, cuando yo siempre estaba presentable, el amor era posible y lo secreto era ridículo.
Allí estoy, en el fondo, frente a aquella ventana. La abro. Enciendo un cigarrillo. Asomo la mano para esconder el humo que todos huelen. Me concentro en ese cuadrito que da a un abismo de diez pisos. Allá abajo ocurre tanto y nada a la vez. Veo pasar recortes de historias. Sale la rubia divorciada con su perro a hacer alguna compra. Entra el que siempre viste elegante ¿del trabajo? ¿de montar cuernos? Tiro la colilla y todavía no tengo un plan para devolver la botella de mercurio. Como me descubran me botan de la universidad. Mínimo me ponen cero en la práctica de laboratorio. 
Vuelven los golpes en la puerta. Se escuchan lejos. Desde mi cuarto ya no es mi puerta. Ya no es conmigo. Es el vecino otra vez borracho, sin duda. Y claro, la mujer no le abre a ese canalla. Quiero que desista y se vaya. Quiero que el duelo se canse de mi y me entierre, como hice yo con la botella de mercurio.

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