Tiempos análogos

by | May 12, 2023 | Memorias

El Señor de las moscas le hablaba a Simón cuando mi vientre comenzó a doler. Son siempre ellos, mis intestinos, quienes me gritan, me jalan, me ordenan, como Jack a sus cazadores. Desde muy joven me acostumbré a esos dolores inexplicables. El diagnóstico más común era el síndrome del intestino irritable, un nombre genérico para un dolor de origen desconocido. 

Se llamaba Simón. Simón habló con el señor de las moscas, a él le fue revelada la verdad. Simón bajó de la montaña y vino a contar la verdad a los demás cuando los cazadores de Jack lo confundieron con la mentira y lo asesinaron. Asesinaron a la verdad y la mentira siguió viva. Esa muerte me hirió tanto, me hirió más que mi colon irritado. 

El dolor de tripas no me sacó de la cama, pero sí la alarma de incendios. Me había quedado dormida leyendo, antes de que Jack diera el golpe de Estado, antes de la pérdida de la democracia y de la llegada del caos a la isla. 

Primero, la alarma se oía lejos, entre sueños. Luego, fue real. “Sí, suena la alarma de incendios. Son pasadas las dos de la mañana y suena la alarma de incendios. ¡Esto no es un ejercicio!” Por mi ventana, en el cuarto piso, podía ver de cerca la columna de humo. 

Nunca he podido dormir en pijama. Aquella noche tenía una franela vieja por pijama. Salté de la cama a ponerme un pantalón viejo, ajado, que tenía a mano. La alarma de incendios seguía sonando.

Salimos los tres del apartamento, Leo y yo con mi niña de cuatro años en los brazos. Salimos a la vez con los vecinos del apartamento contiguo. Yo con mi franela y pantalón viejos y descoloridos, y la vecina con su pijama de seda. Tantas cosas desaparecieron de mi memoria ocultas tras el humo, pero esa pijama de camisa y pantalón largo de seda, de rayas azules y grises brillantes, planchada, que parecía haber sido comprada el día anterior, no se me olvida. La pijama de seda estaba maquillada y hasta peinada, de ninguna manera parecía haberse despertado de repente a las dos de la mañana por un incendio.

Yo, en vez de seguir mi camino a la escalera de incendios, la miré fijamente a la pijama de seda. Miré al grupo. Era un grupo grande, mi familia y la familia de la pijama de seda. Todos vestíamos ropa de dormir arrugada y vieja, excepto ella. “No creo que tengamos que bajar”, dijo muy segura la pijama de seda. “Claro que tenemos que bajar”, una voz en mi cabeza lo repetía, pero yo me quedé muda, inmóvil. Me quedé allí mirándola fijamente pensando en lo estúpida que era la pijama de seda, pero sin hacer nada. Congelada. 

La pijama de seda llamó a los bomberos para avisar del incendio y preguntar si teníamos que salir del edificio. Mi voz interior, la lógica, seguía llamándome: “salgan de allí”. Pero yo la sigo mirando a ella, a la pijama de seda. No corrí con mi hija, me quedé a escucharla. Todos nos quedamos a escucharla. El grupo de su familia que acompañaba a la pijama de seda, inmóviles, la escuchaban. Ella tenía la caracola y seguro en su trabajo también era la líder de algún grupo. Seguro que era directora o chief officer. Ella tenía la caracola, era la líder. 

“Vamos, vamos”, me decía el tímido Piggy, “tenemos que salir, y lo sabes”, con una voz que me alcanzaba débilmente. Porque si Piggy no fuera tímido y débil, la humanidad no estaría tan llena de horror. 

En aquella época, yo era una científica de la Universidad de Sydney, el océano de la lógica. No lo escucho casi, a la lógica, a la cordura, a Piggy. Sigo mirando a la pijama de seda, yo con mi niña en los brazos. Ella, la pijama de seda, tiene la caracola. El apego social es más fuerte que la lógica.

El pasillo además, debo decir en mi defensa, se sentía seguro. Era descubierto, una especie de puente con una reja hasta mi cintura que unía los apartamentos con el ascensor y las escaleras de incendios. Era un estilo muy tropical, abierto a los elementos, al sol, a la lluvia, al aire fresco y al humo. Me hacía sentir que ya había salido, aunque la salida de emergencia oficial estaba todavía lejos. La pijama de seda seguía hablando con los bomberos y todos seguíamos oliendo el humo. 

El humo que Ralph desesperadamente quería mantener, el humo que verían los barcos al pasar y rescatarían a los niños de la isla. El humo salvador. El humo lo detectó la alarma y por eso sonó y nos salvó. Es un humo que nos enfermó y nos salvó a la vez. El humo llegó al detector y la alarma de incendios sonó. Ese pedazo de tecnología nos salvó. Los lentes de Piggy hacían fuego, hacían comida, eran tecnología salvadora. 

La pijama de seda me miró y asintió con la cabeza mientras le decía por teléfono al bombero, “Ok, entiendo, sí hay que bajar por la escalera de emergencia.” 

Esos segundos, desde que salimos al pasillo y decidimos entrar a la escalera de incendios, —que quizás no llegaron a ser un minuto— se sintieron eternos y llenos de culpa. Ella tenía la caracola y todos la seguimos.  

La escalera de incendios era en realidad un túnel, o más bien, un búnker. Los pasillos grises de hormigón eran interminables y extraños, estúpidamente extraños. Primero se hundían en la tierra, luego había un pasillo horizontal muy largo que parecía no tener fin. Ya estando abajo, había una parte en la que teníamos que subir nuevamente una escalera de unos cuatro peldaños y enseguida volver a bajarlos, como una especie de montículo. 

Estaba pobremente iluminado, muchos tramos eran oscuros, parecían la casa embrujada de un parque temático.  En aquella época, vivíamos en un complejo de seis edificios modernos, pero con pinceladas de arquitectura romana, las fachadas eran amarillo intenso y en las ventanas teníamos puertas de romanilla de madera verde oscuro. Los seis edificios compartían una plaza grande con una fuente de mármol que tenía una estatua de Dante en una esquina. Los seis edificios y la plaza compartían la misma salida de emergencia. 

Llegamos a la puerta de salida de emergencia, la cruzamos, luego cruzamos la calle y nos sentamos en la acera a mirar el humo de lejos. Nos salvamos todos, mi familia y yo, la pijama de seda y su familia. La alarma seguía sonando, solo los bomberos podían apagarla. 

Llegaron los bomberos con su uniforme y mirada serena a protagonizar el rescate. Nos dieron instrucciones, esperanzas y mantas para el frío. Era un día de agosto en el sur y hacía frío, no habíamos cogido ningún abrigo al salir de la casa, teníamos mucho frío. «Ya pueden volver a su casa», dijo uno de ellos. El incendio sólo había consumido un local de la planta baja, el resto de los apartamentos estaban intactos. 

Los uniformados apagaron el fuego y el caos en la isla. Ralph sanó al verlos, al barco, a la civilización.

 

Imagen: Recorte de la portada del libro El señor de las moscas de William Golding (Penguin, 1960).

0 Comments

Submit a Comment

Your email address will not be published. Required fields are marked *

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.